viernes, 28 de mayo de 2010

Hay días III

Cada vez que las palabras no salen por mi boca, se me inflama la garganta, los dedos me duelen como si me los arrancaran a tirones, los intestinos se me retuercen y la razón me abandona.

Hay días en que una palabra fuera de lugar puede desatar una hecatombe.

La mañana despunta un fresco nuevo, de los primeros otoños. Sigo en sandalias, adoro esta temperatura. Llevo la cartera cargada como si me fuera de viaje. No puedo deshacerme de nada y cada tanto agrego algo con la certeza de que lo voy a necesitar.
Meto medio brazo dentro de mi enorme cartera en busca del monedero. Odio la maquina expendedora de boletos de tren. Se traga mis monedas diariamente, paso horas de mi vida parada frente a esa maquina espantosa que se da el lujo de elegir que monedas le parecen mas sabrosas.
Saco el boleto. La maldita máquina se trago mis monedas sin dudarlo, toda una victoria. Guardo el boleto en el bolsillo izquierdo del pantalón. Siempre en el bolsillo izquierdo, en el derecho el celular. Cuando no tengo bolsillos, la cosa se complica.
Atravieso el molinete y camino hasta la mitad del andén donde siempre espero el tren. Esperar no me hace feliz, tengo que distraerme y para eso estoy fuertemente preparada. O saco el libro o me clavo el mp3, es el momento de tomar la decisión. Mientras tanto miro el horizonte en busca del tren que nunca llega a horario. Tomar decisiones no es una tarea fácil, así que intento dejarme llevar a no ser que esté muy dormida, entonces elijo rápidamente clavarme el mp3 así no tengo que pensar.
Esta mañana que despunta fresco, no puedo pensar a pesar de la temperatura. Alguien pasa por detrás mío y me roza con fuerza, lo ignoro.
Subo el volumen del mp3. Fantaseo con un viaje en el tren sola. Me regodeo en la idea. Una mañana fresca, sin olores complejos ni perfumes confusos. Una mañana de sol, sin pelos en la cara, ni manos vejatorias buscando mi sexo. Una mañana en que el tren llegue a horario y me de el tiempo suficiente para subir sin correr ni empujar. En silencio, a solas, sin olores ni perfumes, ni manos, ni penes, ni tetas, ni nada que me perturbe. Una mañana fresca y de sol, a solas y en silencio.
Aterriza el tren en el andén, las puertas tardan en abrirse pero ya se amontonaron unos cuantos listos para el ritual del ganado. Hay un “señor” que no se mueve de la puerta y hace fuerza para no perder su posición. Los que bajan lo empujan de derecha a izquierda intentando salir y los que suben lo empujan hacia adentro con la esperanza de hacerlo un poco mas solidario. Se sigue resistiendo a pesar de que sabe que no lo van a premiar por mantenerse firme en su sitio. Yo espero que suban todos y hago mi empujón final especulando con el tiempo de cierre de las puertas y los empellones del montón. El “señor” está colorado y acalorado resoplando. Es mi turno. Estocada final. Empujón. Volumen del mp3 en 18. Las puertas están por cerrarse, no puedo quedarme en el andén, es tarde. Contengo el aire y clavo mis puños en las costillas del “señor”. Rezonga, resopla y refunfuña. Empujo un poco mas. Sonó el silbato. Se acabó el tiempo.

_ Mierda!
_ Mierda?. Acaso te compraste la parcela?. No dejás subir ni bajar a nadie y encima te fastidiás porque tenemos que empujarte para poder subir?. Lamento que nadie te haya avisado cuando compraste el boleto que tenemos los mismos derechos que vos. Así que corré el culo y dejame entrar y si no bajate y tomate un taxi. Que mierda, es la que tenés vos en la cabeza, imbécil!

jueves, 13 de mayo de 2010

Los "Hay Días"

Pequeña aclaración.
No todo lo escrito acá es real, aunque tenga datos concretos de mi vida.
Escribo en primera persona porque me es menos complicado.
Estoy aprendiendo.
Lo intento.
Esto es parte de mí, pero no soy yo.

Los "Hay Días" son trabajos entregados en el seminario de escritura que estoy haciendo.

Abrazos
Ale